martes 17 de noviembre de 2009

Punto y final: Andrew Anthony


Uno de los debates más intensos y apasionados que han tenido lugar en el ladrillo se produjo hace ya varios meses y tuvo como detonante la entrada "El que calla y observa", dedicada a la agresión llevada a cabo por un tuercebotas desnutrido en el metro de Barcelona que fue captada por las cámaras de seguridad del vagón, convirtiéndose en combustible informativo durante varios días. En la mencionada entrada, además de condenar el comportamiento del bípedo descerebrado, se criticaba con severidad el de quienes compartían el vagón con víctima y agresor, permaneciendo ajenos a todo cuanto ocurría a pocos metros de sus asientos en un descomunal ejercicio de cobardía y falta de civismo.

Hubo quienes opinaron que la propia seguridad es prioritaria en situaciones de similar corte y hubo otros que manteníamos la imposibilidad de permanecer al margen cuando hechos como los ocurridos entonces se producían en nuestro entorno más cercano. Hubo quien apeló al espíritu heróico y quien apoyó firmemente aquello de que un cobarde es un tipo con el instinto de conservación intacto. Como suele ocurrir con aquellos debates verdaderamente intensos, ningún grupo gano adeptos entre las filas contrarias.

El debate no ha perdido, desgraciadamente, actualidad y, día sí, día también los medios de comunicación vuelven a procurarnos datos que nos confirman que hechos como aquel que generó la entrada, lejos de diluirse, se tiñen de una pátina de normalidad que amenaza con volverlos invisibles y a quienes convivimos con ellos, en mudos y ciegos espectadores, amodorrados en la condescendencia.

Como considero que esa apatía social es una de las mayores lacras que sufre nuestra confortable existencia, no me resisto a volver a sacar el tema. Y para ello, utilizo la radiografía más exacta que he leído sobre el asunto en cuestión, cortesía del periodista británico Andrew Anthony, que en su muy recomendable obra "The fallout: How a guilty liberal lost his innocence" ("El desencanto. El despertar de un izquierdista de toda la vida" Ed. Planeta. 2009) desmenuza éste y otros asuntos de actualidad con un tino y un sentido común al que es difícil no rendirse. Una obra especialmente dedicada a aquéllos que, como un servidor, nacieron a la política por la izquierda y, a fuerza de sectarismo y demagogia, han terminado escorándose más allá del centro con la desagradable sensación de haber perdido lastimosamente el tiempo.


"Aunque la no intervención pueda evitar lesiones físicas al ciudadano, también tiene un efecto sicológico. El ciudadano acepta su impotencia y eso no suele ser una experiencia alentadora. La violencia consentida tiene un efecto invisible pero aplastante sobre el ánimo del individio y de la comunidad en general. Y dejar que la policía responda a cualquier amenaza (...) convierte el espacio público en un campo de batalla entre los elementos antisociales y criminales y la ley, en el cual, los primeros gozan de las ventajas de ser más y de utilizar el efecto sorpresa. Efectivamente, cede las calles a los violentos, porque sin una disuasión colectiva fuerte, los violentos se vuelven más confiados, más intimidadores y más violentos. Finalmente, la pasividad del grupo hace que el contrato social de una comunidad sea algo irrisorio."


sábado 14 de noviembre de 2009

Sangre en la nieve


Una prolongada exposición a las novelas de Agatha Christie durante el lejano verano de hace quince años (ocho novelas en menos de tres semanas) me inoculó una consistente aversión hacia las historias con detectives aficionados o venerable inspectores con olfato sobredimensionado para descubrir al culpable, según el caso. Por ello, nunca le presté mucha atención a las novelas del sueco Henning Mankell, dedicadas a glosar las proezas deductivas del inspector Kurt Wallander, pero, mucho me temo que no tendré más remedio que darle una oportunidad y acercarme al personaje, una vez que he comprobado las (abundantes y estimulantes) cualidades literarias de Mankell a través de "El chino", su penúltima obra y mi primer acercamiento al mundo del sexagenario escritor sueco.

La historia arranca con el brutal asesinato de todos los ancianos de un pequeño pueblo perdido en las montañas suecas. Birgitta Roslin, antigua simpatizante comunista, mujer con grave crisis de identidad y juez en decadencia profesional, encuentra el rastro de un familiar entre los nombres de las víctimas publicados en los periódicos e inicia una investigación paralela a la policial que le lleva recuperar el aliento rebelde de su juventud y a enredarse en una oscura trama de venganza y odio cuyos orígenes se pierden en la China del siglo XIX pero cuyas consecuencias explotan en la actualidad y en escenarios tan dispares como Estados Unidos, Gran Bretaña, China y Zimbawe.

Aunque el fallecido Stieg Larsson con su trilogía "Millenium" es quien ha dado la puntilla a esa imagen generalizada de Suecia, como país de bellezas rubias, civilizadas costumbres y bienestar general, Mankell lleva años preparando el terreno a través de la exposición más gráfica de las interioridades de su país, homogeneizándolo con quienes lo rodean y en el que al igual que en los demás, la diversidad es la única regla.

En este sentido, Mankell utiliza la (absorbente) trama criminal de "El chino", para ajustar las cuentas con aquellos rebeldes de los sesenta y setenta que hoy en día, languidecen en sus despachos, incapaces de lograr encontrar esa llama que alumbró sus primeros y combativos pasos en la política, la justicia y el compromiso social. La obra ahonda en esos sentimientos de fracaso y aburguesamiento que rodean a aquellos que, como Roslin, tanto han apostado por una idea o un concepto vital para descubrir que, en realidad, ni poseen el carácter suficiente para consumar el ideario asumido más por inercia que por convencimiento, ni merece la pena hacerlo tras comprobar que el mito no es en realidad más que un globo pinchado que se pierde en el aire.

Pero "El chino" no es un retrato generacional ni un catálogo de idealismo político. "El chino" es, sobre todo, una trama policíaca deslumbrante que Mankell maneja con ritmo y habilidad y a la que, incluso se permite dotar de un aura de fantasía y política ficción apuntando la existencia de un plan a gran escala cuyo objetivo es renovar los principios fundadores del colonialismo. Excentricidades aparte, la maestría con la que el escritor sueco construye la investigación de la abnegada juez Roslin es asombrosa y crea una continua sensación de anticipación que logra en muchas ocasiones que el lector pierda el ángulo correcto y, pese a disponer de más información que la protagonista, comparta con Roslin el asombro que generan sus descubrimientos. Además, los saltos geográficos de la trama permiten a Mankell escribir varias novelas en una, tornándose frío y oscuro en su Suecia natal, ardiente y peligroso en los valles africanos y sencillamente escalofriante en la laberíntica y letal China de nuestros días. El descubrimiento del origen de una cinta roja hallada en el lugar del crimen, la escena en el hotel con la cámara de vídeo y el trepidante epílogo en Londres son sólo tres de las múltiples pruebas del virtuosismo narrativo de Mankell.

Tras esta primera toma de contacto, "Asesinos sin rostro", la primera de las novelas protagonizadas por el Inspector Wallander aguarda su turno para que pueda comprobar si los aciertos de Mankell pueden purgar el veneno que circula por mi organismo desde aquel verano de hace quince años. A la vista de lo presentado en "El chino", me temo que la recaída es inminente.

sábado 7 de noviembre de 2009

Diálogos Platoneros. Volumen I.


- Hola, señora, buenos días. Perdone que la moleste. Estaba buscando la consulta de la Doctora Elena Nito del Bosque, la endocrina que tiene consulta aquí, en el edificio. Me dijeron que era en esta planta, pero no veo ninguna placa en la puerta.

- ¡Uy, hijo! La doctora cerró la consulta hace ya un mes.

- ¿Un mes? Y eso, ¿por qué? Hace poco la visitó una amiga y me dijo que tenía la sala de espera como si regalaran jamones. ¿Enfermó o algo así?

- No, joven, no. Pero, ¿en que mundo vive? ¿No ha oido usted lo de la nueva dieta? Casi todos los endocrinos del país han tenido que cerrar sus consultas por culpa de los cereales.

- Pues sí que debo haber hibernado. ¿Los cereales, dice usted? ¿Qué es eso de los cereales? Todo eso me parece un poco raro. Oiga, no será esto un programa de cámara oculta, ¿verdad?

- ¿Cámara oculta? ¿Lleva usted una cámara oculta? ¿Oculta en dónde, caballero?

- ¿Ehhh? No.... oiga... en fin... olvide lo de la cámara. ¿Qué es esa historia de los cereales?

- El Plan 15 días Special K, joven, que está usted alelado. Sobrándole, como le sobran unos pocos muchos kilos, debería estar más al tanto de este tipo de cosas y dejarse de espiar a indefensas mujeres con cámara oculta.

- Sin faltar, señora y deje ya lo de la cámara que cualquiera que le oiga va a pensar lo que no es. Sigo sin pillar una del plan ese del que me habla.

- Le cuento, pero apague la cámara...

- Señora, por favor...

- Bueno, haga lo que quiera. El Plan 15 días Special K es un experimento científico, joven, científico de verdad, que garantiza que 7 de cada 10 personas que lo sigan, bajará sensiblemente de peso en un par de semanas..... y sin apenas esfuerzos. Lo patrocina una marca americana de cereales que se llama Kellogg's.

- ¿Siete de cada diez? No me diga, señora esto empieza a interesarme.

- Y a mí cada vez me importa menos lo de la cámara, joven. ¿Sabe que tiene usted muy buen cuerpo a pesar del sobrepeso? Si siguiera usted el Plan....

- No se anime, señora, no se anime. Cuéntemente más de esta historia.

- Pues mire. Por la mañana, se toma usted 30 gramos de cereales Special K, de la marca Kelloggs....

- ¿Solo 30 gramos? Ni que fuera venenoso. Por cierto, ¿no es esa la marca que patrocina el estudio? Creo que ya veo por donde van los tiros. Me recuerda a esos estudios que patrocina Durex en los que se demuestra que hacemos poco el amor.

- No sé qué es eso de Durex, pero lo de hacer el amor suena estimulante, muchachote.... Bueno, a lo que vamos.. Pues sí, como le decía, solo 30 gramos, pero no se preocupe, puede tomar 125 mililitros de leche desnatada, un zumito de naranja y un café. Por la noche, puede usted subir la dosis hasta los 60 gramos, tomar un poquito más de leche e, incluso, puede tomar un par de piezas de frutas o una ensalada. En cuanto a la comida......

- Más vale que sea contundente porque si no, a la hora de la cena podría comerme un borrico por las patas.

- Pues lo cierto es que no lo especifica. Simplemente requieren que el almuerzo sea equilibrado.

- ¿Equilibrado? ¿Qué significa eso?¿Misma cantidad de cordero a la menta que de cochinillo asado?

- Hijo, no sé, equilibrado, lo que todo el mundo entiende por equilibrado, no sea picajoso. Para ser tan guapo y varonil, gasta usted una suspicacia que.......

- Pues me va usted a perdonar, señora, porque la veo muy convencida de las bondades de esta historia, pero a mí, este temita del Plan 15 días me parece una payasada de primera. Comiendo alpiste, un poco de leche, fruta, ensalada..... Madre mía, me entran ganas de llorar sólo de pensarlo.
Así adelgaza cualquiera. Y si no comes más que el puñadito de cereales esos, seguro que no necesitas ni quince días. En una semana estás como un alambre. Muerto del asco, pero delgado. Lo que me extraña es que sólo lo logren siete de cada diez. Lo suyo es que, a menos que te vueles la cabeza con esa mierda de vida, lo consiga todo el mundo. Mira, a lo mejor, ahí están los tres que faltan para completar la decena, cortándose las venas el día catorce porque no aguantan un segundo más la tortura.

- Con gente tan conservadora y anclada en el pasado como usted, aún andaríamos a cuatro patas. Esto es el futuro, jovencito y le aseguro que funciona. Mire, mire como ha dejado este cuerpo serrano el Plan 15 días. ¿A que no parece el de una septuagenaria? ... Toque, toque, joven, toque y vea de lo que una es capaz de lograr con un poco de ejercicio y una dieta equilibrada. ¿Sigue grabando con su cámara, joven? Si quiere puede pasar y termino de convencerle de que se pase al Plan....... ¿Oiga? ¿Dónde va? No baje así las escaleras que se va usted a hacer daño. ¿Oiga? ¿Oiga?...........

miércoles 4 de noviembre de 2009

Wagnerizado


Me lo avisaron cuando empecé a escuchar ópera y arremetía con vehemencia contra la insufrible, espesa y desquiciante música creada por el alemán Richard Wagner. "Es mejor así, Tarquin", me tranquilizaba mi wagneriano cuñado y erudito melómano, Lewis " No sabes lo que te ahorras sin entrar en su música". "Wagner", continuaba " es una droga que una vez que te engancha, no te libera jamás. Actúa además despacio, se toma su tiempo y, tal vez, un día, por casualidad, decidas escuchar alguna de sus obras y se active el veneno inoculado años atrás. Y, créeme, una vez que lo haces tuyo, ya nada será igual". La verdad es que no le tome en serio.

Es cierto que disfrutaba con la memorable obertura de "El holandés errante" y alcanzaba un éxtasis musical cuando el preludio del primer acto de "Lohengrin" sonaba en los altavoces. Pero cuando se trataba de los llamados "dramas musicales", cuando escuchaba "Parsifal", "Tristan e Isolda" o "Los maestros cantores de Nüremberg", con su melodía infinita, sin arias, sin duetos, con esos recitativos áridos y eternos, sepultados bajo la descomunal orquesta wagnerian, me resultaba, simplemente, imposible imaginar que algún día, las eternas partituras del temperamental y extremo compositor germano ocuparan lugar de honor en mi santuario musical privado. Pero la vida está llena de sorpresas, como todo el mundo sabe.

Ocurrió hace unos días tal y como lo anunció Lewis, años atrás. Una mañana tranquila. La heredera y la bella señora Winot paseando el palmito por la ciudad y "El oro del Rhin", la primera de las cuatro óperas que componen su celebérrima tetralogía "El anillo del Nibelungo" desenroscando los primeros acordes de la obra. De repente, sorpresa. Las notas no son apelmazadas y agotadoras, como lo parecieron años atrás. Por el contrario, se deslizan con suavidad, tejiendo una red de células musicales (de motivos conductores como se les conoce, a pesar de que Wagner jamas uso ese termino) que crean un mapa sonoro en el que los personajes, los sentimientos y los objetos, quedan vinculados a unas notas que como ocurre en la vida real mutan según las circunstancias en un ejercicio creativo sin precedentes. La escuche de un tirón. Las dos horas y media completas, libreto en mano y sin mover un músculo.

Después llegó "La Valkiria" con su arrebatada obertura y la celebérrima cavalgata que tanto ha desvirtuado el cine atronando en el último acto al que ponen punto y final los conmovedores "adioses de Wotan" que cuesta escuchar sin un nudo en la garganta. No pasó mucho tiempo hasta que tomara su puesto "Sigfrido", la historia del hombre nuevo que romperá las reglas milenarias para descubrir el amor y del que Hitler quiso apropiarse de modo infame en su perturbada cruzada aria, para llegar , finalmente, a "El ocaso de los dioses", el sobrecogedor punto y final de "El anillo", colofón de lujo para la que probablemente, sea la obra musical más ambiciosa de la historia y el intento más evidente de alcanzar la plenitud absoluta e inabarcable de la creación artística. Como escribió Thomas Mann a principios de los años treinta, "considerado como potencia artística, Wagner es algo casi inaudito, probablemente el mayor talento de la historia del arte". Y me lo creo, oiga.

LA WALKIRIA. ACTO I. PRELUDIO


miércoles 28 de octubre de 2009

Algo pasa con Esther


La disputa acerca de la naturaleza esencialmente bondadosa o maligna del ser humano es tan antigua como estéril y obedece a esa terca insistencia que mantenemos en clasificar y unificar a todos bajo un mismo patrón, negando así la evidencia de que cada uno es como es y no existe un hilo mágico que a todos nos una y en el que todos podamos ser incluidos. Lo que sí creo es que, como dijo el poeta romano Juvenal hace una eternidad, nadie se hace perverso súbitamente. La maldad, como la clase, no se logra: se nace con ella. Una idea similar parece tener el cineasta catalán, Jaume Collet Serra que con su última película, "La huérfana" da una extraordinaria y muy recomendable vuelta de tuerca sobre este tema.

La dramática pérdida de su tercer hijo, lleva a al matrimonio formado por Kate (Vera Farmiga) y John Coleman ( Peter Sarsgaard) hasta un orfanato en el que traban casualmente contacto con Esther (Isabelle Fuhrman), huérfana de origen ruso, educada, amable y dotada de una especial habilidad para el dibujo que cautiva a la pareja de inmediato. Pocos días después, Esther es adoptada por los Coleman y entra a formar parte de la familia sin otros problemas de adaptación que los derivados de sus peculiares costumbres higiénicas y sus estrafalarios vestidos con muñequeras y cintas de tela negra que cuelga rodeando su cuello. Como todo buen amante del genero de suspense ya se ha imaginado, a estas alturas hay algo oscuro y perverso bajo esa dulce y amable fachada que Esther se preocupa por mantener intacta.

El guión, obra de David Johnson sobre un argumento del debutante Alex Mace, maneja no pocos tópicos vistos en películas como "De repente, un extraño", "El buen hijo" o, especialmente, "La mano que mece la cuna". Pero "La huérfana" es capaz de desligarse de los lugares comunes más manidos de estas obras y, sobre todo retorcer dolorosamente los sobrantes para coronarlos todos ellos con uno de los giros de guión más espectaculares e inimaginables que se recuerdan. Es cierto que la cinta avanza morosa durante su primera media hora y que el tramo final, aunque efectivo e inquietante, peca de convencional y reiterativo, pero, todo se perdona cuando entre ambas partes, se desarrollan noventa minutos que dejan, literalmente, sin aliento.

Y aquí es donde el director catalán, da la razón a quienes admiramos su sentido de la planificación y su dominio del ritmo en "La casa de cera", su fallido debut de hace unos años y del que lo único salvable era, precisamente, su labor tras las cámaras. En "La huérfana" Collet- Serra logra manejar una atmósfera de creciente irrealidad, enfermiza y retorcida que estalla súbitamente en momentos de tensión extraordinarios, como, la secuencia en el parque infantil entre Esther y una compañera de colegio o el momento en el que el coche de los Coleman se desliza carretera abajo con uno de sus hijos atrapado en el interior. El modo en el que el director catalán pone en imágenes el mencionado y asombroso giro argumental es, sencillamente, redondo.

Respecto a los actores, gana claramente la partida la espectacular Isabelle Fuhrman que con apenas 12 años, debuta en la pantalla, con una interpretación magistral, inconcebible en una niña de su edad, que tan pronto es capaz de irradiar una fragilidad conmovedora (ver el primer encuentro con John, quien se convertirá en su padrastro) como convertirse en una bestia abominable sin el menor rasgo de humanidad (la secuencia en el puente helado o la desquiciante escena en el hospital en el tramo final de la cinta). La bella y excelente Vera Farmiga da correcta réplica al torbellino generado por la joven actriz y el pobre Peter Sarsgaard, como es costumbre, pasea su aburrida inexpresividad por las dos horas largas de metraje, completamente devorado por las féminas de la función.

Queda, pues, claro que "La huérfana" es un producto artesanal, excepcionalmente bien rodado, con excelentes interpretaciones y con una sorpresa en su interior a la altura de las mejores. También queda claro que la historia maneja situaciones ya vistas en otras películas y que no sale de los derroteros más clásicos del cine de suspense y terror de mediados de los noventa, sin aportar demasiadas novedades ni huir de los lugares comunes. ¿Una copia? Como decía Brian de Palma cuando le acusaban de plagiar el cine de Hitchcock, hasta para copiar hay que tener talento. Y a Jaume Collet- Serra, le sobra.

miércoles 21 de octubre de 2009

Ojos de cordera















La relación entre jefe y subordinado es, por naturaleza, artificial y descompensada. A pesar del interés que pueda existir (o no) por una o ambas partes en teñir de amistosos los vínculos de poder, la amenaza latente de que los galones de uno devuelvan al otro a su posición subordinada crean un precario equilibrio en este tipo de relaciones que tienden a deshilacharse al menor contratiempo.

En este sentido, no tengo la menor idea del tipo de relación que mantiene el presidente del gobierno con su vicepresidenta económica, Elena Salgado, pero de lo que sí estoy convencido es que después de la encerrona que le montó su jefe ayer en el Congreso, colocándola de primer violín en la defensa de los Presupuestos Generales del Estado, a la señora ministra se le habrán quitado las ganas de, siquiera, tomar el mismo ascensor que el presidente. Soltarla ayer en un hemiciclo incandescente a defender unos presupuestos que el mismo Julio Verne calificaría de fantasiosos, sin más defensa que un manojillo de papeles y tres consignas mal digeridas roza la crueldad y no sé si, incluso, debiera tipificarse como delito en legislaturas venideras.

Ver a la ministra aferrarse a sus folios, con los ojillos chicos y visiblemente nerviosa , balbuceando insensateces mientras le caían las tortas (y los fríos e incontestables hechos) de izquierda y derecha, ha sido uno de los momentos políticos más deprimentes de los últimos años. Y su jefe, mientras tanto, desde la barrera, con la sonrisa puesta y en pleno salto mortal hacia atrás, insólitamente ausente en una de las intervenciones parlamentarias más importantes del año. Prefiero no pensar en la que se hubiera montado si Rajoy hubiera enviado a Montoro a replicar a Zapatero de haber sido éste el ponente en el debate.

Con todo y con eso, lo que es quizás peor es que, en realidad, Elena Salgado tuvo suerte de caer en las tiernas manos de un gallego más proclive al sopapo educativo que a la dentellada inmisericorde. De haber sido el hipermineralizado y vitaminado Aznar el encargado de replicar a la ministra, no hubieran quedado de ésta ni los huesos. El que no se consuela es porque no quiere, como dicen por ahí.

sábado 17 de octubre de 2009

Tiki-taka

Me gustan las personas que intentan dotar de originalidad a las cosas cotidianas. Todo puede llevarse a cabo "como siempre" o "de una manera especial". En el primer caso, estamos ante una apuesta segura, un caballo ganador sobre el que, sin duda, no cabrá la polémica. En el segundo, el riesgo asumido al cambiar las normas generará, con toda seguridad, un debate que polarizará las opiniones. Indudablemente, el comentarista deportivo de la cadena televisiva La Sexta, Andrés Montes pertenecía a este segundo grupo.

Como suele pasar con aquéllos que rompen las normas, por muy tangencial y poco relevante que sea el segmento al que esas normas se aplican, Montes generó desde el principio no pocas suspicacias. Su aspecto estrafalario, sus gafas imposibles, sus trajes cromáticamente incompatibles o esas pajaritas anacrónicas y cegadoras resultaban toda una provocación en un mundo de comentaristas deportivos con chaquetas de excelentes telas y corbatas combinadas con mimo y detalle. A mí, personalmente, me resultaba un tanto cargante mientras aparecía en pantalla con su calva y perfectamente circular cabeza brillando bajo los focos de cualquier estadio o pabellón deportivo.

Pero cuando su imagen desaparecía y sólo quedaba su voz, no podía dejar de imaginármelo, con una copa en la mano, en el salón de su casa, comentando con sus amigos las imágenes emitidas a través de la televisión, con los pies sobre la mesa. Sólo así podía disfrutarse de sus retransmisiones cojitrantas, plagadas de erratas, diálogos surrealistas y expresiones que ya son historia de la televisión como "Wilma, ábreme la puerta", "la vida puede ser maravillosa" o ese "tiki taka, Salinas" que tanto hizo por su popularidad y que, incluso, si no recuerdo mal, le valió un contrato, imagino que jugoso con El Corte Inglés.

Con el tiempo, empezó a agradarme incluso cuando, antes de los partidos, desbarraba con los que le acompañaban en la cabina de comentaristas. Los espectadores percibían la existencia de una química, un buen ambiente y una camaradería castrense entre Montes, Epi, Iturriaga o Salinas que predisponía al entusiasmo y permitía afrontar el partido correspondiente con la clara sensación de que efectivamente, la vida (deportiva) podría ser maravillosa. Y algo seguramente, tuvo que ver esa actitud, porque las cosas que los equipos españoles de fútbol y baloncesto han hecho en los años en los que Montes retransmitía sus encuentros no tienen precedentes.

Por eso mismo, me entristeció que, hace unas semanas, tras lograr la selección española de baloncesto el Campeonato de Europa celebrado en Polonia, Montes anunciara en directo que se marchaba de La Sexta para empezar una nueva etapa en su carrera. Las malas lenguas dicen que los directivos de la cadena empezaban a cansarse de su verbo vertiginoso y descompensado. Las buenas, por su parte, dicen que Andrés quería un poco de "tiki taka", un cambio que le permitiera seguir igual. Pero, desgraciadamente, nunca lo sabremos, ya que esta noche, en su piso de Madrid, su vida (maravillosa, por supuesto) ha tocado fin de una manera seca e inesperada cuyas circunstancias aún no están claras. En realidad, poco importan.

Dicen que la importancia de las personas se calibra por el espacio que dejan libre cuando se van y lo que se tarda en volver a llenarlo.Si es así, la empresa de colmar el hueco que deja Andrés Montes en el mundo del periodismo deportivo va a exigir un esfuerzo a la altura de muy pocos. Suerte al que la emprenda. A ti, Andrés, y te lo dice una persona a la que el deporte y su práctica toca muy de refilón, gracias por todo y buen viaje.