
Uno de los debates más intensos y apasionados que han tenido lugar en el ladrillo se produjo hace ya varios meses y tuvo como detonante la entrada "El que calla y observa", dedicada a la agresión llevada a cabo por un tuercebotas desnutrido en el metro de Barcelona que fue captada por las cámaras de seguridad del vagón, convirtiéndose en combustible informativo durante varios días. En la mencionada entrada, además de condenar el comportamiento del bípedo descerebrado, se criticaba con severidad el de quienes compartían el vagón con víctima y agresor, permaneciendo ajenos a todo cuanto ocurría a pocos metros de sus asientos en un descomunal ejercicio de cobardía y falta de civismo.
Hubo quienes opinaron que la propia seguridad es prioritaria en situaciones de similar corte y hubo otros que manteníamos la imposibilidad de permanecer al margen cuando hechos como los ocurridos entonces se producían en nuestro entorno más cercano. Hubo quien apeló al espíritu heróico y quien apoyó firmemente aquello de que un cobarde es un tipo con el instinto de conservación intacto. Como suele ocurrir con aquellos debates verdaderamente intensos, ningún grupo gano adeptos entre las filas contrarias.
El debate no ha perdido, desgraciadamente, actualidad y, día sí, día también los medios de comunicación vuelven a procurarnos datos que nos confirman que hechos como aquel que generó la entrada, lejos de diluirse, se tiñen de una pátina de normalidad que amenaza con volverlos invisibles y a quienes convivimos con ellos, en mudos y ciegos espectadores, amodorrados en la condescendencia.
Como considero que esa apatía social es una de las mayores lacras que sufre nuestra confortable existencia, no me resisto a volver a sacar el tema. Y para ello, utilizo la radiografía más exacta que he leído sobre el asunto en cuestión, cortesía del periodista británico Andrew Anthony, que en su muy recomendable obra "The fallout: How a guilty liberal lost his innocence" ("El desencanto. El despertar de un izquierdista de toda la vida" Ed. Planeta. 2009) desmenuza éste y otros asuntos de actualidad con un tino y un sentido común al que es difícil no rendirse. Una obra especialmente dedicada a aquéllos que, como un servidor, nacieron a la política por la izquierda y, a fuerza de sectarismo y demagogia, han terminado escorándose más allá del centro con la desagradable sensación de haber perdido lastimosamente el tiempo.
"Aunque la no intervención pueda evitar lesiones físicas al ciudadano, también tiene un efecto sicológico. El ciudadano acepta su impotencia y eso no suele ser una experiencia alentadora. La violencia consentida tiene un efecto invisible pero aplastante sobre el ánimo del individio y de la comunidad en general. Y dejar que la policía responda a cualquier amenaza (...) convierte el espacio público en un campo de batalla entre los elementos antisociales y criminales y la ley, en el cual, los primeros gozan de las ventajas de ser más y de utilizar el efecto sorpresa. Efectivamente, cede las calles a los violentos, porque sin una disuasión colectiva fuerte, los violentos se vuelven más confiados, más intimidadores y más violentos. Finalmente, la pasividad del grupo hace que el contrato social de una comunidad sea algo irrisorio."






